_El marinero_

Érase una vez un viejo cascarrabias de ojos verdes, oscuros, impenetrables. Cada día solía sentarse a esperar la noche en la esquina de su casa, en el pueblo donde le esperaban los que ya no pasean y donde correteaban niños que llevaban su apellido muy a lo lejos.
Miraba el pisar de los más jóvenes con una mezcla de envidia y hastío, y viajaba hacia lo que él fue y no quiso ser.

Cuando rozaba los 30 años al viejo marinero le apretaron demasiado el corazón. O así lo sintió. La sirena que le cantaba cuando visitaba los primeros mares inexplorados le traicionó con un camarada del barco, y en ese preciso instante decidió, sin mediar la reflexión, que nunca más cedería aquel rincón de su cuerpo.

La Muerte vino a remover las fangosas aguas en que se desplazaba y le robó la brújula que le guiaba en tierra. Fueron tiempos oscuros para el herido marinero, que tuvo que aprender a leer en las estrellas y recomponerse desde dentro.

Empezó a creer que la vida sin compañía dolía menos. No le engañaban, no se despedía. Conoció infinidad de compañeros con los que brindar, perseguir lunas o coleccionar hazañas. Pero nadie volvió a entrar más allá de la coraza de algas enredadas en miedos que cubrían su dolorido y orgulloso corazón. Se entregó al mar, a las olas. Se bañaba en la sal que todo lo cura, pero no fluía con las mareas, no quería.

Dormía con mujeres de distintos colores y olores en los más diversos puertos, pero a pocas amanecía abrazado. Visitaba burdeles y escapaba de la necesidad de una caricia pagando por un gesto fingido. Le saciaba, era suficiente.

En aquellas navegaciones nocturnas, una noche cualquiera, fuera de la ruta marcada, sin pretensión ni indicios, conoció a una joven con la melena enredada y el entusiasmo al viento. Un soplo de aire fresco vino a remover su mar, hasta entonces previsible.

Pasaron varias noches juntos, rieron del absurdo, se admiraron, preguntaron con curiosidad. Compartían algo que no podían ver ni tocar. Se intuían semejantes. Ella empezó a ver lo que callaba y almacenaba preguntas para que él le contara su historia. Él empezó a asustarse por los pellizcos y las ganas y recogió la ropa del suelo.

Desapareció una tarde. Se marchó donde ella no le siguiera. No le dijo “Espérame”. Tampoco “Olvídame”. Dejaba granitos de arena por si ella quería caminar cerca que supiera dónde pisar. Le saludaba de lejos, sin invitarla a subir al barco. Y la joven, que veía más adentro, sonreía. Sonreía porque se sentía especial, a pesar de él mismo.

La muchacha quiso acercarse al barco del curtido marinero, pero siempre inventaba excusas para no dejarse abordar. Los años que separaban sus viajes, el inmenso trabajo que acarreaba aquel mar, el momento adecuado, viejas cicatrices. O que no la quería, sin más verdad.

Aquella mujer revolvió otras sábanas. Despeinó otras cabezas. Desnudó otros cuerpos. Sonrió con otras historias. Y le dibujó. Le convirtió en cuento. Y quiso alejarse de aquel barco. Dejar de querer ver aquella bandera ondear en su mar, cerca o lejos, porque no sabía identificar sus mensajes. Él no la iba a buscar, había quedado claro, y ella merecía que quisieran acompañar su barco.

Aquella historia por contar había quedado escrita en viejos cuadernos, pensó el marinero. Recordaba aquellos ojos negros atados siempre a un lápiz. Sabía que le habría descrito mejor que nadie, a él y sus razones. Que leerse hubiera sido reconocerse. Que aquel cuento nunca vivido sería leído por otros.

El viejo marinero chascó la lengua mientras los colores cambiaban sobre el pueblo. Sus verdes ojos se inundaron de nostalgia y estupidez acumulada. Cuánto tiempo perdido inventando cómo alejarse.

Ojalá hubiera dejado que ella escribiera a su lado.
Ojalá hubiera navegado acompañado por aquella inteligente ingenuidad.
Ojalá hubiera reconocido los momentos.
Ojalá hubiera aprovechado las miradas cómplices.
Ojalá hubiera sabido que ella era tan agua como él aire.
Ojalá.

Se frotó la cabeza pelona debajo de su boina y suspiró vencido por la vieja certeza.

“Yo también te quise”

Le dijo al aire.
Le dijo a ella.
Que nunca le escuchará, pero siempre lo supo.

 

 

Dibujo: Iduna RuSol

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