_Buen viaje_

Cada persona debería tener la capacidad innata de inventarse una ventana cuando quiera escapar. Con vistas al mar. O a la montaña. O al patio de la casa de tu pueblo.

La que yo me dibujé me ofrecía una panorámica de montañas y madera recién cortada.

Perušić. Este nombre ni sé pronunciarlo. Escala en Zürich antes de llegar a Zagreb y casi dos horas de autobús con una señora que me roba medio billete invadiendo mi espacio. La noche no me deja ver mis nuevos caminos, pero Mario con su furgoneta se encarga de darle luz a los primeros minutos. Llegar con la mesa puesta, qué lujo. Mucho acento andaluz, esto suena bien. Terminan de llegar los refuerzos, el 88B vibra.

El despertar huele a madera. A lavanda y a mañana fresquita. Los vecinos nos preparan la merienda con la ropa tendida meciéndose al atardecer, vaya regalo para los sentidos. Y para el estómago.

Pierdo la bicicleta, pero gano un chófer. Y un hijo, un hermano y un amigo. Empiezan las historias, las conversaciones sobre los miedos, las metas, el amor, la vida. Suena la música, se destapan los chistes y siempre hay una cerveza en la nevera.

El Cadillac nunca más será el descapotable de Thelma & Louise, es el rincón donde la rakija me desvirgó los intestinos. Y entre chupitos se monta la barbacoa de bienvenida y el primer viaje.

“Tome, queremos una furgoneta para nueve”. Y así empezó el negocio más rentable para  ese señor fornido y se abrió la veda para descubrir todo lo que nos rodeaba en cuatro países a la redonda.

En Plitvice las libélulas son azul fluorescente y el verde que rodea los lagos brilla como en una postal mística. Anochece en un hotel abandonado, donde hay más historias encerradas que cristales por el suelo.

Grabovača. “Montones de nadas” acumulados en  un parque natural donde ganamos tantas horas como perdimos. Un equilibrio que se mantenía entre clases de croata retenidas en algún pliegue del cerebro y el rol de profesora de los niños más agradecidos del lugar.

Cada curva pedaleada es una nueva razón para decir: qué suerte tengo por estar aquí, ahora. Aún con el viento de cara y la rueda desinflada.

Qué ganas de vivir irradia Marco. Si él lucha, yo también. Iva, cuánta energía, de la bonita, de la que suma.

Entre las dos casas que dividen al equipo, el cielo es más oscuro que nunca. Y las estrellas más brillantes. No me acuerdo de lo que pido cuando veo una luz fugaz, así que quizás ya se cumplió. Siempre con la mejor compañía, aunque recurriera al susto.

Tenemos los mejores conductores a cargo del volante y la radio. O eso creo. Si no voy dormida, voy hablando. O cantando. Que no decaiga la selección musical, qué arte tiene el DJ.

El anfiteatro de Pula se torna naranja con la banda sonora de Amélie sonando desde su tripa. Ea, ya me he enamoraó. Venecia nos pilla de camino. O no. Por suerte son más cabezotas que yo y la noche nos recibe en la Plaza San Marcos estallando con fuegos artificiales. Era fiesta y al parecer nos esperaban.

Discusiones políticas. Este chico llegará lejos, será el abogado que nos saque de apuros a todos. Le quiero cerca. Ferrán se agobia, con la buena noche que se ha quedado. Mejor no les digo que me está encantado esto de tener que dormir en el ferry porque nos han timado en el hostal.

Cuando sea mayor y me retire a escribir, buscadme en Stari Grad y en su calle dedicada a los músicos. Os espero con un vino.

Camino a Sarajevo, 120 km por hora, la puerta de la furgoneta abierta. Xavi me cuenta su vida y se ríe mientras calla por sabe que me cuenta más de lo que le pregunto. Asmir vivió en el bloque que escogemos para dormir, estoy segura. Pocitelj, Mostar, Kravice, Travnik, Bihac. Bosnia tiene un magnetismo difícil de ignorar. Volveré a recorrerla, a bañarme en ella, a escucharla.

Las olas de Zadar golpean en un puerto donde la gente se sienta a esperar una de las despedidas de Sol más bonitas de Europa. Un paisaje de colores cálidos donde decir adiós a lo que menos quieras.

Son 8. Este número cada vez me da más razones para preferirle. Todos brindan instantes y se los escribo. Me gusta dejar a boli los motivos por los que les llevaré en el bolsillo.

En una estación de película se acaba la aventura. La palabra fin hace más grande en la pantalla mientras el tren arranca. Esta vez mi vida se parece mucho a las míticas escenas del cine, ¿es un final triste? No, aunque ahí, con los ojos bañados en lo vivido, aún no lo sabía.

Me traje un pedazo de Croacia tatuado en la piel y la memoria. Aquella ventana me enseñó a vivir sin prisas, a abrazar la incertidumbre que marca mi elección, a escoger. Croacia, sus sonidos y quienes los provocaron, me enseñaron tanto que no soy capaz de redactarlo, que me perdonen los puristas.

Larga vida al 88B. Mi ventana, y la suya.

 

Fotografía: El 88B de Perušić,  @IdunaRuSol

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