_Mi amigo Totó_

A veces quiero tener a alguien a quien besar los domingos. Sí, solo los domingos.

El domingo es ese día de descanso contaminado por el futuro. Está ahí, olvidado al final de la semana, agotado de no hacer nada, al que llegas con resaca o con la previsión acelerada de lo que te espera oootro lunes (lo piensas así, con muchas “oes”). Los domingos a media tarde empieza a dibujarse en la memoria lo que olvidaste entre copas, planes y alguna rutina. El domingo te saca la factura de las tareas que dejaste a medio hacer, pero si es buena gente, te lo equilibra con imágenes en alta calidad de los instantes disfrutados. En el fondo se esfuerza por caerte bien, pobre.

A falta de besos asegurados los domingos y un grupo de amigos que los suelen disfrutar en pareja, para mejorar la digestión de este problemático día, convoco a viejos conocidos. Esta vez me reencontré con Totó.

Me hizo reír y llorar, como buen compañero de andanzas. Cuando acude, no falla.

Totó y yo estuvimos hablando de algunas cosillas que me rondaban la cabeza. Hay historias de amor -o sucedáneos- dentro del cine que dibujan la sonrisa bobalicona incluso al más escéptico. Dime tú, Totó, si “Desayuno con diamantes” no te pellizca en las tripas. O la trilogía esa de un amor de improviso en un tren. “Big Fish”, “Moonrise Kingdom”, “El apartamento”, ¡incluso “Closer”! Mucha gente desea  -lo verbalicen o no- perderse en alguna escena de películas como esas, pero en la vida real, les aterra la vulnerabilidad ligada a mostrar parte de su intimidad. Jaulas, momentos inadecuados, agobios, trabajo,… será por excusas.
¿Crees que alguien debería ir a decirles que en la vida real no hay guionistas y que como no se arriesguen ellos solos se acaba la película? Este tipo de películas, al menos. Y Totó se parte de la risa con mi pregunta porque me llevo las manos a la cara, frustrada.

“Hagas lo que hagas, ámalo. Igual que amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras pequeño”, le dijo Alfredo un día. Totó me lo recordó porque también hablamos de esa ingenuidad  que impulsa a los más pequeños y que los adultos tratan de disimular o asesinar. Porque la ingenuidad, dicen, está reñida con el éxito, con los negocios y con la madurez. Aquí la que se parte de risa soy yo. Si no fuera algo ingenua, no sería tan curiosa. Si no fuera curiosa, no querría saber más. Y el día que deje de querer saber algo nuevo, me muero de aburrimiento. Literal.

Antes de irse, Totó me preguntó si volvería a un lugar donde reí mucho, muy alto. Un lugar que quedó atrás y en el que seguro han cambiado las calles, sus vecinos, las luces que lo iluminaban y hasta los olores que hacían salivar. Le pregunto si puedo aplicar la pregunta a personas. Que sí, me dice.
Pues no tengo ni idea, chico. Seguramente volvería. Algún día. Porque nunca es tarde si quieres quedarte, y tampoco será un error volver para asegurarte de que hiciste bien marchándote.

Creo que le he convencido, pero no estoy segura.

A pesar de que suelo terminar inventando un modo de reconciliarme con mis domingos, propongo la creación de un Club del Domingo Atravesado. Allí se acudiría a vomitar -metafóricamente hablando, si no vaya jaleo- los posos que ha dejado una semana (im)productiva, a desprenderse de la intensidad de una semana agitada (o con agitadores varios) y brindar con personas que comparten tu padecimiento. Sería una terapia de la que salir con las emociones peinadas y la actitud lustrosa para encarar un nuevo lunes. Y además, si comparto las divagaciones con otros, no las escribo.

Pensadlo, alguien me compra la idea, fijo.

Aquí os dejo con la magia de Ennio Morricone, que siempre ayuda. Y sí, también con los domingos.

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