_Corred, insensatos_

Hay personas que creen que no deberían amar nunca más. Que escogen no hacerlo.
Lo sé. Les he visto, oído, y lo que es peor, padecido.

Conocí a un hombre al que la conclusión se le clavó en el cerebro por varias razones. Razones que quizás invento para entenderle, o no.

El primer tachón sobre la palabra amor vino de la mano de una mujer. Tuvo una relación de casi una década en la que amó -seguramente- y le quisieron -no me cabe duda-. Pero le engañaron con un buen amigo. Eligieron a otro, porque sí. Aquello supuso una bofetada de las que generan oleaje en los años sucesivos, pero incluso el agua más brava termina por amainarse. A no ser que te dediques a tirar piedrecitas al río una y otra vez. Y eso es lo que él hace.
Este hombre se acostumbró a la familiaridad de un temor escogido y el vértigo de todo lo que puede venir con una nueva historia, no le interesa.
Vive tranquilo, consciente de que quizás se perderá caricias dentro y fuera de la piel. Pero no le dolerá, y con eso le basta.

La tinta sobre la palabra “amor” se volvió más espesa con la pérdida de su padre. Creo que la pena que vio en los ojos de su madre al despedir al amor de su vida, fue suficiente para no querer pasar nunca por ese adiós y tampoco hacérselo vivir a nadie.

Razonable, pero egoísta. Con él mismo el primero.

Es duro cruzarse con alguien que ha desterrado la posibilidad de una relación en su vida. Y más duro es desearle.
Nada de lo que digas o hagas podrá quitarle las piedrecitas del bolsillo. Están acostumbrados a su miedo, el pasado les abriga los arañazos y no entienden que con el aire curan más rápido.

No les importan tus razones. Puedes enfrentarte a estas personas con la ley de atracción, el pensamiento positivo, tu cabezonería, ganas infinitas, una botella de oxígeno para cuando toque bucear en su historia, una tabla de surf para fluir en las distintas etapas, un trébol de cuatro hojas, el haba del Roscón de Reyes, un cuarzo rosa del tamaño de un castillo y una lata de Coca Cola por si te da bajón de azúcar. Su decisión es inapelable y su miedo, más fuerte que tú.

Es un miedo enquistado. Un miedo no revisado. Un miedo amigo.

En realidad, el hombre que conocí tenía razón. Él sobrevive sin cuestionarse mis motivos, sereno y anestesiado. Puede que vaya un paso por delante en la supervivencia emocional. O puede que con los años el amor resulte cosa de tontos y él lo ha superado.

Y comprendo sus tachones sobre la posibilidad de una relación, de verdad. Pero no siento la suficiente empatía como para renunciar a mi vértigo, lo siento.
Siento no haberle devuelto el entusiasmo por un principio. No haber conseguido coger el boli con la fuerza necesaria para volver a escribir la posibilidad que hace años tachó.
Siento sentirme idiota cada vez que nos cruzamos. Siento que haya escogido sobrevivir al dolor de este modo tan inhumano.

Y sí, me enfada tener que darte la razón. El amor llega cuando se le abre la puerta, cuando se decide de manera racional concederle su momento. El amor no sucede porque sí, como yo creía, porque haya una conexión innata, porque las horas pasan, porque no puedas dejarle marchar, porque siempre quieras cinco minutitos más. El amor ocurre cuando se le deja.

Insensatos del mundo: si os cruzáis con alguien que dice no querer amar a nadie más, corred. Corred porque os pueden acabar convenciendo de que no merece la pena intentarlo. Corred antes de intuir las maravillas que podréis disfrutar si la victoria es vuestra. Corred antes de que, ante la duda, os lancéis al fango. Corred porque será una batalla de desgaste entre su miedo y vuestro coraje.

Corred, insensatos.

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Ilustración de Sandra de la Cruz www.sandradelacruz.com

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