_De gigantes y molinos_

La boina de mi abuelo, los cestos de mimbre de la abuela y Don Quijote explicándole a Sancho que lo que tiene delante es un gigante, no un molino.

La Mancha. El pueblo. Los locos.

Cuando en la casa vieja vibraba la vida, en ese perchero colgaba el matamoscas, la bota de vino y la bolsa de tela para ir a la compra. La puerta siempre estaba abierta y la cortina echada para intentar poner algún obstáculo al verano manchego.

Las escaleras eran una atracción por la que arrastrar el culo y la inteligencia racional. Las habitaciones el escondite perfecto, y la terraza un destino abandonado que solo recibía pisadas las noches de Las Lágrimas de San Lorenzo.

El pueblo es el bidón de agua en el corral, calentándose al sol durante todo el día para bañarte después echando los cubos en una palangana que parecía una olla caníbal.

El patio era lugar de reunión, de broncas, de tapeo, de debates y de deberes. Allí sentada he mejorado la caligrafía y maldecido los números. Allí, la edad del pavo firmaba las primeras fotos inquilinas del álbum “Para quemar”.

El aire manchego también lleva dentro a Currupipi, la perdiz que se alimentaba a base de rituales. Ir a esa casa de la carretera, coger el pienso y dejar en el montón de comida una marca en forma de cruz para que el dueño supiera quién había estado por allí.
Se nos olvida, por supuesto, pero con un chato de vino quedaba todo explicado.

El pueblo también es la garrafa de vino blanco que servía de excusa perfecta para ir hasta la Plaza Vieja y darnos un paseo por las calles enemigas. Embudo en mano, entrábamos a la tienda y sin superar en altura el mostrador, poníamos el recipiente y esperábamos a que el dueño lo llenara. Sin más preguntas ni mayor identificación que un “Somos las nietas del sastre”.
Fuera, en torno a la cabina de teléfono más retro de la provincia, se despertaban las hormonas, las risas idiotas y la seductora que a veces habita en mí.

Visitar el pueblo era contar las horas que quedaban para cenar y poder perdernos hasta la madrugada. Volver a casa a “tomar el fresco” con la abuela, despertar a las vecinas que se quedaban dormidas y escuchar conversaciones que sufrían una metamorfosis para ganarte, como narrador, la atención de tu público.

Cambiar Madrid por La Mancha era coger la bicicleta heredada de mi primo y que mis amigos miraran extrañados aquella máquina ochentera, vestida de óxido y azul y con los frenos dispuestos a matar(me) al primer descuido.

El pueblo es un cajón con mis primeras historias a boli. Es un corral que se abre con las llaves de un castillo. La siesta en el colchón del suelo. El toque de queda en las horas de más calor. Contar los días en el calendario de la cocina porque te desbocaba el ansia de volver. El molino vigilando al final de la cuesta.

Cuando voy al pueblo me cuesta dormir. Me late la memoria reclamando un momento para los recuerdos. Los casi 30 escarban en lo vivido, es cierto; pero es que esta casa está plagada de rincones e instantes donde nos despeinábamos felices.

Algún día Fuente el Fresno, sus Quijotes, las boinas y el vino, serán escenario de un cuento, como fue escenario de los míos.

 

Y de los tuyos, vecino, que también has corrido entre gigantes y molinos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s