_Cartas_

Siempre abro el buzón esperando que me hayan enviado una carta, una postal, algo para mí, porque sí.

Cada tarde, al llegar a casa, preparo esa llave chiquitina, olvidada en el llavero salvo si se espera algo con certeza. Y anhelo. Anhelo abrir y que en un sobre ponga mi nombre, escrito a mano, con una idea a boli en su interior.

Alguien que me recuerda porque le aconsejé, porque escribí algo que necesitaba leer, porque nos emborrachamos juntos, porque debatimos sobre nada, porque conversamos con un café, por los años compartidos, o porque le apetezco y no sabe cómo decírmelo.

Escribir cartas es un ritual, significa formar parte de la resistencia añeja, ser de una minoría que disfruta lamiendo el sabor amargo de los viejos sobres.  Escribir cartas por placer, sin saber si responderán, pero buscando que las disfruten, es un placer erróneo si sale del papel.

Fuera de la tradición epistolar, darse sin recibir nada a cambio, es estúpido. Hay quien dice que el “amor”, esa palabra que que nos queda grande a todos en alguna ocasión, se sustenta en hacer lo que a uno le nace, sin preocupare de cómo lo recibirá el destinatario, sin saber si habrá emociones de vuelta.

Pero no creo que sea así. Las ganas, la risa, la incertidumbre, el vértigo, la duda, el deseo, la complicidad, la calma, no caben en un sobre. Tampoco en un paquete. Son de entrega en mano. Y esta entrega espera respuesta, no digo inmediata, pero sí de envío urgente.

Hay emociones que no deberían enviarse a cualquiera, porque puede que el receptor no esté en casa cuando las dejes en su puerta, y se pierdan. Puede que no estén preparados para recibir el regalo, y no haya hueco para instalarlo en casa. Y porque cuando te quieres, proteges lo que es tuyo y solo envías contrarrembolso, que se pierde menos aunque escueza igual.

Dejarse querer implica valentía. Hay que ser valiente para aceptar una carta de expectativas, porque aunque las compartas, es una responsabilidad. ¿Qué haces cuando alguien llama al timbre y deja un canasto de “quizás” en tu felpudo?

Se conoce a una persona por la manera en que maneja un “quizás”. Si se la juega y da rienda suelta a su instinto, si opta por confiar en la posibilidad de acierto, es de los valientes. Si coge el canasto y lo deja con sigilo en la puerta de otro o en la basura del vecino, es un cobarde. Los grises en este caso duran dos suspiros, uno para decidir si vas al blanco o al negro, y otro para confirmar el bando.

Enviar cartas por Navidad es mucho más sencillo que entregar posibilidades, cuerpo y bagaje. Las cartas todo el mundo las recibe con alegría o sorpresa, nadie se pone tenso ante el significado que puedan tener y a ninguno se le ocurre pensar en los dramas que pudiera ser que vinieran en un futuro remoto y nada razonado en el que te ilusiones con quien la firma.

La vida por escrito a ratos es mejor. Más valiente.

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