_Espera(s)_

Si quedas conmigo en un bar te voy a esperar en el sillón del fondo. Allí besar es más mullido. A falta de cojines, búscame en el taburete más alejado de la puerta. Ahí evito la corriente y miradas curiosas como sé que sería la mía.

Voy a esperar a que seas tú quién busque el primer beso. El primer baile. La primera mirada ansiosa y ansiada. El primer viaje al pasado. La exhibición de cicatrices. El primer desarme. Pero voy a esperar poco, porque me reconozco y nunca entendí del todo el significado de este verbo.

En realidad lo más humano es no esperar.

Es más inteligente, quizás. Pero menos vital.

Esperar es un juego de desgaste entre la euforia y los miedos. Y la euforia es innata, viene ella sola, a pecho descubierto, para señalar lo que es interesante. Los miedos los inventamos, les damos de comer y luego perdemos oportunidades tratando de asesinarlos.

Los miedos son maleducados, por ti. Pero son unos niñatos, solo tienes que encararlos.

Yo les dije que se llevaran las medias naranjas, la necesidad de gustar a otro que no era yo, la duda incómoda de hasta cuándo se quedarán, el cronómetro marcando los tiempos de guerra y paz, y unas cajas de despistada complejidad que se me habían ido acumulando con los años y las batallas.

Y cuando superas el Síndrome de Diógenes emocional, dejas de esperar.

Ya no espero que roces mi mano haciéndote el despistado para probar si la piel se eriza dando su aprobación.

No voy a esperar que un día te despidas con un beso en los labios dándome la razón.

No quiero esperar que razones si te quieres quedar o argumentes el porqué te vas a ir.

No necesito esperar para saber que tú no eres mi mitad. Que soy yo, entera, la que puede complementar, si quiero, si me dejo y si te apetece. Sin medias tintas ni naranjas.

Nadie merece esperar(me) ni hacer(me) esperar con una peligrosa apnea en campo abierto.

Respira. Lo bueno no se hace esperar, te busca. Y tú a ello.

 

 

Esperar. Este verbo es tan aburrido que ni el mejor conversador sabría cómo hacer pasar las horas muertas que lleva consigo un cartel de “esperando” colgando de tu situación sentimental.

Mira, mejor nos dejamos de esperas y te pido que te desnudes las ganas porque quiero hacerte el amor con la piel y el cerebro, sin costras pero con vértigo, sin muchos pasados y mirando poco al futuro.

Y si no quieres, vete donde no te intuya porque puedo robarte las esperas contra tu voluntad. Palabra de impaciente,

Ilustración de la poeta y artista Sandra De la Cruz, que me ha recordado que ser zen no es lo mismo que cargar con un latido anestesiado.

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