_Equilibro (im)perfecto_

Reconozco que soy una persona que vive en el equilibrio (im)perfecto entre el tú y yo.

Tengo miedo de que te vayas y me dejes con las ganas. De irme, y no dejarlas resueltas. Soy una versión optimista, dispuesta a arrancarte la piel y las pieles, para que mudes historias y adquieras vértigos nuevos. También soy una versión de mí que se niega a buscarte, a enseñarte que no existe lo que inventas para no acercarte un paso más. Alguien que piensa: “Este no es mi problema”.

La rutina me provoca urticaria, necesito sorprender(me) con impulsos e imaginación durante la semana. Pero también me asusta que me revuelvan las cartas, que ruboricen mis sentidos, la sonrisa descontrolada.

Me preocupa tanto desconocer si tu vacío particular te dejará distraer mis horas, como no poder calmar el mío con lápiz o nanas. Querría estar mirándote y contándote mi todo, y perderte de vista para no volver a saber nada.

Quiero sacudir tus miedos, reconocer los compartidos y prenderles fuego en un ritual de hoguera. También quiero esconderme debajo de una manta y que no sepas más que mi nombre, por si lo usas en defensa propia o ataque ajeno.

A veces tengo contradicciones con las que tú no juegas, como las que me vitorean desde la grada, transformadas en hinchas entusiastas, que sí, que esta vez tocamos meta. Frente a ellas, la sigilosa duda y sus secuaces susurran bajito razones que no termino de escuchar pero me obligan a mirar, a acercar el oído, a parar.

Estoy más asustada por ti, que por mí. Yo vivo en un equilibrio (im)perfecto de versiones, nos conocemos, las invito a casa por Navidad. Tú, no sé si convives con ellas en armonía o alimentas a la que grita más alto, a la más fácil de saciar.

He aprendido a quererme entre costras y cosquillas y ahora que sé como se hace, me cuesta guardar el secreto. Te quiero contar cómo se deja de buscar naranjas a medias, y cómo el cuento va de tropezarse con frutas enteras. Pero también creo que no te mereces conocer lo mejor de la alquimia si no quieres intentar el conjuro.

Lo cierto es que tengo ganas de presentarte mis contradicciones y que despliegues las tuyas. Quizás se sienten atraídas, se distraen conversando y nos dejan tranquilos el tiempo suficiente para cambiar la cerradura.

Habrá días en los que todo sea sencillo y minutos en que resulte complicado. Nadaremos en el presente sin pasado, y temeremos un futuro por batallas que recordamos. Estaremos desnudos, pegados, queriendo calentar así todo el invierno. O puede que nos giremos, reconociéndonos por la espalda, esquivando unos ojos que piden que bajemos las armas, el escudo y las garras.

Cuando nuestras contradicciones se miren como yo lo hago contigo cuando no te das cuenta, vamos a ser inevitables. Te lo dice mi mejor versión.

 

 

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