_Derecho a ejercer la primavera_

Hacía un frío que trasladaba al Círculo Polar Ártico si te dejabas un trozo de piel al aire. En el metro el concepto de “Sardinas en lata” era muy gráfico, las caras de los pasajeros anunciaban que el reloj no pasaba en exceso de las 8 de la mañana, y la gente se movía por inercia, perezosa por sonreír.

Un niño se colocó de pie en el asiento y empezó a dibujar en el vaho del cristal. Círculos, líneas, pétalos. Terminó y exclamó dando saltos y encogiendo el corazón de su madre y el de los vecinos de vagón: ¡Mira mamá, he dibujado la primavera!

Y ahí estaba. Un campo repleto de flores, precioso.

La madre lo ignoró por completo. La inmensa mayoría de zombies, también. Y yo alucinaba como si fuera una droga dura con las flores de aquel niño.

Firmo aquí y ahora por tener la actitud de ese pequeño sabio. Por seguir ignorando a quienes te recuerdan, por amor o cobardía, que esas flores solo las hueles tú. Sin acercar un centímetro la nariz, sin dudar.

Exijo mi derecho a pintar primaveras en el vaho. A no escuchar a quienes te miran condescendientes porque eso es un rígido cristal y no campo fértil donde ponerse a plantar entusiasmos. Exijo mi derecho a no querer convivir con las preguntas que me dejará el conformarme. Exijo mi derecho a equivocarme con la curiosidad saciada. Y exijo mi derecho a acertar por el camino más largo.

Exijo mi derecho a ejercer la primavera.

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