_Ajuste de cuentas_

2017, ha llegado el momento de ajustar las cuentas pendientes.

Tus primeros días se llamaban Rober. Fue un espejismo en mitad del desierto. Estaba sedienta, con arena en los ojos y deseando pisar un oasis de valentía que él afirmaba tener localizado. Nunca llegué, no sé si en realidad existía, pero me sacudí la tierra y refresqué la garganta cuando le dije todo lo que nunca le había pronunciado a quienes se escudan en historias de fracasos para protegerse del error y del acierto.

Durante ese viaje me olvidé que había tapado la olla que ocupaba aquel manchego que navega en tabla de surf. De pronto una llamada, anunciando que los kilómetros se convertían en calles y que podía pedirle la sal si gritaba por la ventana. Quizás fue la ausencia de distancia o que nunca apagué el fuego, pero aquel plato seguía (es)cociendo.

Tu verano, 2017, fue una terapia de salitre, sol y realidad. El vecino creo que está tan sorprendido como yo de tanto calendario arropando nuestra -no- historia, la admiración es mutua, y el cariño está tan presente como desequilibrado. Tuve -y tengo- que disfrutarlo. Como viene, en olas intermitentes, con más amistad de la que pedía mi carne, pero con la certeza de que es mejor así. A tres calles de la magia. Sin piel, sin expectativas, con calma.

A su final le debo el inicio de mi mejor proyecto, el comienzo de la relación más bonita conmigo misma, los mayores mimos a mi amor propio. Su falta de compromiso fue mi mejor remedio, y solo por eso le sonrio por escrito.

Durante tus meses he revuelto sábanas, mezclado sudores y acariciado barbas. Y me he preguntado muchas veces quién era el cazador de mariposas que canta Marwan, si ellos o yo. He borrado y escrito puntos suspensivos. He destrozado e inventado expectativas. He comprendido que tengo parte de lo que soy.

Y casi al final de tu estancia, llegaron los 30. La nueva década me pilló bailando mientras atracaban los barcos vikingos en mi costa. Una tentativa de invasión inesperada. O no. No están preparados para batallas, se están rearmando, o eso cuentan. Yo no entiendo esta estrategia, pero guardo silencio para que nada de lo que diga pueda ser utilizado en mi contra.

Los juglares que viajan con ellos cantan historias de tropiezos, copas por el suelo y otras leyendas de las que se airean por las ventanas. Mientras, estas gentes del norte no envían cuervos mensajeros, ni señales de humo, ni golpes de tambor. Desconozco sus verdades, sus temores, pensamientos, ni si algún minuto me cuelo en ellos. La curiosidad y la intuición me impiden salir corriendo. O quizás es cuestión de tiempo. Ante la duda me voy a peinar, si tengo que dar la bienvenida o salir corriendo, quiero estar acicalada y con la casa recogida.

Además de alguna certeza, 2017, me debes un valiente. Alguien que prefiera intentar y no deducir si es bueno o malo para mi biografía. Alguien que entienda que la realidad cambia probando algo distinto, pero que no me lo cuente, que lo haga. Una persona que no se calme los vértigos usando la receta de las viejas historias que no funcionaron o el dolor de las batallas perdidas. Alguien que comprenda que los vacíos no se llenan desde el sofá. Alguien a quien le quede claro que el futuro es un papel en blanco y conmigo aún no se han topado para saber cómo dibujo.

Dile a tu colega 2018 que si no tiene un valiente a disposición de mis días, no me lance réplicas de lo que ya me ofreciste tú. Vamos a llevarnos bien, que siempre pago las facturas a tiempo.

Por lo demás, te doy las gracias. Me mudé al escenario que deseé en cientos de paseos, cambié de trabajo, de ritmo y de piel. Superé miedos, aprendí a convivir con otros, hice preguntas y sacié dudas. Me he ilusionado como sé: sin garantías y con ganas, y asumí que decir adiós a quienes lo piden no es sinónimo de tragedia, si no de limpieza emocional.

He puesto sobre la mesa las pinturas, los bolis y el cuaderno. Vierto vísceras y carcajadas sobre las teclas y dentro de cafés y cervezas a solas y compartidas. Me mecen el ánimo los de siempre, a quienes quiero cerca más que nunca. Y yo sigo de paseo luciendo viejas costuras, reconciliándome con los recuerdos y espantando fantasmas. Se me da bastante bien, aunque a veces me guste escribirle al drama (pero esto que quede entre tú y yo).

Llegados a este punto, lo cierto es que no tengo nada que reclamarte. Recuérdale a tu amigo que quiero que a la doctora se le olvide mi cara del todo, que en mi cuenta corriente cabe más dinero, mi inglés cada vez tiene más acento de Vallecas y a mi pasaporte le faltan sellos. Si mejora estos detallitos, le entrego mis mejores aplausos.

Espero a tu compañero con ropa interior roja, como cada 31 de diciembre. Me reconocerá por las uvas encajadas en los mofletes y los ojos inundados con lo disfrutado.

Y a ti, gracias de nuevo por todo(s). Ha sido un placer, casi siempre.

 

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Ilustración de Sandra de la Cruz, un maravilloso descubrimiento de 2017 que me inspira palabras.

 

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