_Acojonada_

Esta tarde he vuelto a intentar arreglar el mundo en torno a un café.
Los ponentes eran mi amigo José, que supera las seis décadas. Rosa, con medio siglo de experiencia. Y Cristina y yo, navegando en los 30 desde distintos ángulos.
La edad es importante, porque no importa.

No importa porque al final todos acabamos hablando, disfrutando y padeciendo con los mismos viajes. Venimos de épocas, educación, libertades y aspiraciones distintas. Y ahí estábamos los cuatro, hablando del miedo y el vértigo.

José decía que después de tanta vida observando, ha llegado a la conclusión de que las mujeres somos seres emocionalmente superiores. Hemos aprendido a través de un ADN más de alma que de célula, a gestionar la alegría, el dolor y la soledad. Y con estos tres elementos equilibrados, tenemos el Nirvana de la inteligencia emocional mucho más cerca de los dedos.
Unas más lunáticas que otras, conocemos por su nombre de pila a las zozobras que nos cruzamos y las invitamos a una copa o echamos de nuestra casa con el cariño de los viejos amigos.

A vosotros, hombres, os han enseñado a silenciar el ruido de dentro. Tampoco habéis querido aprender a coger el cuchillo, abriros en canal y sacar cada pedacito para ponerle nombre. Mucho menos enseñar vuestras vísceras a una mujer curiosa. Durante vuestra historia siempre ha sido más fácil correr y apuntar con el dedo a la loca. Huir a lo malo conocido y temer lo bueno por conocer. El vértigo os provoca vómitos y estáis -pocos- aprendiendo a respirar para recomponer el estómago.

El sabio del grupo ha confesado:
Asusta creer que te equivocas. O que aciertas.
Asusta sentirte más inseguro que ella. Más confuso. Más torpe.
Asusta poner en la cama de otra persona un recuerdo que escuece, una piel magullada, unas taras por arreglar.
Asusta comprometerte sin garantías. Aunque sea el único modo de hacerlo.
Nos han enseñado a no manifestar que tenemos miedo, por miedo. Y eso, a veces se sabe tarde.

Tiene una mujer desde hace más de 40 años. Una complicidad natural, sana, sin fisuras y con sus complejidades en equilibrada convivencia. Y dice que lo único que hizo fue reconocer en voz alta cuándo estaba acojonado.

Y tiene razón. Quizás lo único que necesito es que me digan: “perdona, solo estoy asustado”. Quizás lo único que necesito es dejar de estarlo yo también.

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