_Dame un minuto_

Es lo típico que se dice para que el interlocutor no salga corriendo.

Quizás no es uno, son 10. Pero dámelos, por favor. En 10 minutos no se hace mucho. O se hace todo.

Yo me voy a confesar.

Estoy cabreada con 2018, pensé que íbamos a ser buenos amigos. Pero no.
No soy una persona rencorosa y además me gusta conceder el beneficio de la duda, así que para no arruinar una bonita e incipiente amistad, voy a volver a explicarme, porque quizás no entendió bien lo que yo le pedía.

Querido amigo,

Me gustaría que recalcularas tu definición de “valiente”. Te ayudo con algunas sugerencias. Valiente es ese hombre o mujer al que un día cualquiera le dices: Oye, ¿y si nos vamos este fin de semana a desconectar a mi casa del pueblo? A beber, a fumar, follar y charlar. A arreglar el mundo lejos del ruido habitual. Y va y te dice: venga, hecho.

Valiente es también quien te dice mirándote a los ojos “me encantas”, o “ya no quiero intentar nada contigo”. A las bravas, sin giros impostados, haciéndolo fácil. Lo bueno y lo que escuece.

También podemos meter en este adjetivo a esa persona que te escribe porque le apeteces y no tiene problema en plantarse en tu casa para tomar esa caña pendiente y solucionar contigo cualquier drama, mientras el alcohol va soltando las lenguas y nublando la lógica.

Cuando te pedía un valiente, quería alguien que no se lo pensara dos veces para besarme en cualquier escenario, quitarme la ropa, preguntar sobre mis miedos, responder sobre los suyos, o contarme cualquier magnífica estupidez.

Para reubicar el término creo que con estas pinceladas tienes suficiente, ¿no?

También te pido, aprovechando que te tengo delante, una buena ración de ganas, una pizca de vértigo, transparencia y coraje. Desayunar fuera los fines de semana, una botella de vino blanco los viernes, un sueldo digno y un hombre con la voz lo más parecida posible a la de Joseph J. Jones. Como algunos conceptos son algo abstractos, mejor te digo lo que quiero que me quites del camino, si no te importa.

A partir de ahora quiero que me ayudes a evitar las caricias de sal, esas a las que cantan Las Migas. Caricias que llegan a la piel sin más pretensión que pasar por ahí, con alguna mentira sin mala intención y más desliz que pasión.

Tampoco quiero tener que convencer a nadie de que mi anormalidad me convierte en una compañía, como poco, interesante. Hay cosas que no necesitan explicarse, contra las que hay que estrellarse para gozarlas.

También quiero que me resuelvas una duda: ¿dónde está el límite entre el optimismo y la obsesión? A veces creo que al pensar que todo irá bien estoy aferrándome a una realidad que ya ha salido mal y no volverá.

Me vas a perdonar 2018, pero como no sé qué funciona contigo, y además me asusta el lenguaje en negativo, voy a dejar de hablarte de lo que no quiero, y voy a ser más concreta con lo que me apetece, No necesito a nadie para completarme -ya sabes que tengo mundo interior para mí y cuatro o cinco vecinos-, pero tampoco me importaría compartir (sobre todo los domingos) la manta de lana, una serie, mis pies fríos, mi idiotez y alguna conversación filosófica-absurda. Así que allá voy…

Quiero un hombre que baile reguetón con la misma vergüenza que yo, ninguna. Pero que tenga una lista de reproducción con canciones como My Litlle Girl de Jack Johnson, temas que de manera inevitable le lleven hasta mi cara, mi risa o mis impulsos.

Que no sea pelirrojo, que me da susto por culpa de Chucky, el muñeco diabólico.

Sería de agradecer que me leyera, porque paso muchas horas pensando en el futuro libro y algunos soplidos que empujen cuando las alas se encojan de frío o frustración, es imprescindible.

Que haga el amor y folle. Los dos verbos, cada uno a su debido tiempo. Inventando excusas y sin necesitarlas. Que se deje el reloj fuera de las sábanas, igual que el trabajo y el pasado. Aquí se viene a fluir, en todos los sentidos.

Alguien que me resuelva las dudas o se una en la búsqueda de respuestas, porque será divertido.

No necesito que me regales flores -literal y metafóricamente hablando-, porque de eso se encarga mi madre, especialista en vegetales. Si lo hace, dile que mis favoritas son los girasoles.

Quiero un amigo, un compañero de viaje, un conversador, y alguien que me excite con su cara, pero también con su coco.

Querido 2018, te lo digo con toda la sinceridad que me concede mi personalidad y la media botella de vino que ha pasado por mi vaso: si ves que no puedes cruzar en mi camino algo de lo que te pido, con que me dejes en paz, queda todo solucionado. Quizás nunca te recuerde con cariño, pero tampoco habrá nada que lamentar.

Sin mal rollo, ¿eh?

Ya me he lamido todos los rasguños que dejó a su paso tu colega 2017, no me lleves por las mismas zarzas, porque soy una tipa simpática. También soy muy latina, por ubicación, y muy vikinga, por el nombre. Eso significa que le pongo pasión y arrojo a casi todo lo que aspiro conquistar. Si quieres que baje el ritmo, con un silbidto estilo Pepito Grillo, tengo bastante. No más ostias, gracias.

Te agradezco el minuto, o los 10. Espero no volver a necesitar esta charla y que la próxima vez que hablemos sea con una risa payasa dibujada en la cara, porque no sepa agradecerte de otro modo el regalo en forma de libro, personas, lugares o momentos que me acabes de hacer.

Siento pedirte tanto, pero como dicen los Aslandticos, “nada se mueve si no lo empujo yo”.

Namaste, querido 2018.

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