_San Solterín_

Echando la vista atrás, a mi la soltería me ha regalado risas, alguna bofetada y mucha fluidez, en varios sentidos. San Valentín nunca fue tan buen maestro.

Hace poco aprendí que el idealizado vecino se había portado conmigo mucho mejor de lo que nunca había querido ver. Hubo un tiempo en que prefería ser su polvo de los domingos tontos, a no ser nada. Y sé que él lo sabía. Pero no me usó para saciar sus ganas y calentar la cama, me cuidó de la idiotez cuando yo no sabía y tampoco quería.

Y esto lo he aprendido estando soltera.

Otra tarde me rompieron la autoestima diciéndome que mi paso por una historia en la que confiada, había sido en forma de bisagra. Que era esa persona que se cruza entre un verdadero amor y el siguiente. Una mujer que le recordaba que podía querer. A cualquier otra, a mi no. 

Y la bofetada, me llegó soltera.

También he vivido una experiencia de presunto sexo tántrico, me he topado con dos penes minúsculos y uno me ha roto los esquemas, he descubierto la libertad de quienes practican el sexo libre y me he sentido la persona más sensual de la Tierra.

Con una banda sonora de tambores vikingos y sobre mantas de pieles he escuchado la peor historia de miedo después de un orgasmo, y he querido repetir la hazaña y escuchar más batallas. También me he roto la intuición de un golpe y he visto en un espejo una cara más tonta de lo que soy.

Y todo esto, soltera.

He disfrutado de desnudos sin compromiso, de sexo con carcajadas, de la química sin pretensiones y de saber que cuando saliera de aquella escena, no quería saber nada.

Me he cansado de besar bocas sin nombre, de conocer gente y decirles adiós sin dejarles entrar más que en mis bragas, o de no sentir nada con el abrazo del hombre que toca esta madrugada.

También he disfrutado con una complicidad inesperada o una caricia espontánea, aunque supiera que mañana no significaría nada.

Los solteros jugamos con un mapa de emociones y de personas que nos guía en la trama. Unas veces nos empuja, otras nos aparta. Y el pobre San Solterín no sabe cómo sacudirnos las alas.

Su trabajo consiste en acunarte los miedos y vaciarte la maleta, para que sepas mirar de frente y a los ojos cuando te cruzas a alguien con quien la piel aúlla pidiendo más que tres orgasmos y dos mensajes improvisados. Pero no va con flechas ni en pañales como el tal Cupido, él te dice que ya eres mayorcito, y que huir o arriesgar, es tu problema.

Te advierte de que a veces toca enseñar las uñas para arrancar la costra de alguna historia (propia y ajena), y que tendrás que bailar con distintos ritmos hasta encontrar el movimiento perfecto. Que el amor y el sexo, a veces manchan. Pero no es un drama, es la vida. Y se limpia.

La soltería tiene una caótica belleza que aspiramos a compartir. El éxito está en saber disfrutar de las asignaturas carnales y vitales, hasta que un día te das cuenta de que llevas meses durmiendo con la misma persona, y que sin darte cuenta te ha cambiado de santo.

Y ahí es cuando tienes que sacar los apuntes que tomaste con San Solterín vigilando tus pecados. Disfrutar, exprimir, confiar, jugar, besar, follar, sentir. 

Por ser el mejor maestro, celebremos el Día de San Solterín, patrón de los desahucios emocionales, de las lecciones húmedas y los golpes secos. El santo que no engaña, que te obliga a comerte las circunstancias con papas o aliñadas, pero sin más mentiras que la que tú te quieras inventar. Este santo no entiende de regalos, le gustan más las conversaciones con uno mismo y la serendipia entre dos que se encuentran y no se buscaban.

Voy a ponerle unas velas, por las historias fallidas y las bonitas cicatrices. Por las pieles que arroparon y las sábanas revueltas. Por los días en que confié, y las noches que me sentí idiota. Por los mordiscos apasionados y los arañazos infectados. Por las cosquillas de todas las barbas y seguir sintiendo a pesar de las erratas.

En definitiva, por el mapa emocional que me ha regalado para reírme de San Valentín, que lo pinta todo de rosa, lo llena con corazones y lo satura de merengue, sin saber que para disfrutar de eso que él llama “amor” hay que ensuciarse las manos y saber hacia dónde quieres ir solo, acompañado.

El día que me despierte con alguien que se queda, le voy a proponer celebrar cada 14 de febrero un ritual pagano en honor a Freyja, que ella sí me representa.

 

Ilustración de maria_uve

 

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