_Pedazos de yo_

(Naúfrago 1)

Nos da miedo reconocernos.

Nos aterra la idea de habernos convertido en ese ser del que renegamos, en una versión desteñida de nosotros que nos ha inundado los colores sin darnos cuenta. Nos provoca verdadero terror no saber si somos quién queremos, o quién las circunstancias nos han llevado a ser. ¿Elijo o floto?

¿Quién soy yo? La de los labios granates que sonríe al espejo, la que llora porque no entiende qué ocurre, la que escribe para comprender, la que escribe para zanjar, la sociable que no quiere dejar los bares, la que se queda en casa un sábado por la noche, la que cree que se puede amar de manera libre y fácil, la que no soporta la idea de no volver a dejarse conocer sin miedo.

Y mientras te preguntas, sigues andando, sin parar a mirarte, a descubrirte.

No quieres ralentizar el ritmo, porque si paras, te miras y piensas, te rompes.

Pero a veces necesitas romperte para ver de qué pedazos estás compuesta. Cuál sobra, cuál nos dejaron en herencia y no le pertenece a nuestro puzzle, qué pieza falta, a cuál hay que darle un baño de pintura, dónde está ese fragmento que buscabas, a qué pedazo se le ha erosionado una esquina. Recomponer.

Tenemos muchas caras, somos un prisma con tantas aristas como historias has contado. Soy la que se ríe con el absurdo, la que se pone intensa y escribe, la que se despierta irónica y escribe más, la que se desnuda con un boli y mejor si es encima de otro cuerpo, la que busca un domingo de calma y una noche de sábado inagotable, la que quiere olvidar con una copa, pero recuerda con un vino, a la que le brillan los ojos con una conversación eterna y se emociona con un buen silencio. La que cierra los ojos e inspira, y también la que no sabe callar el ruido. Soy todas y no quiero escoger una. Quiero quedarme con la mejor versión de todos mis espejos, incluidos los pedazos de viejos destrozos, porque en ellos también me he visto.

Pero antes de esto, hay que encontrar el freno, retirarse a la cuneta y reconocer. Reconocer el paisaje que te rodea, cómo has llegado hasta allí y dónde pretendes llegar. A días, no lo sé, pero es lo de menos, con tener claro de dónde escapo, me vale como punto de referencia.

Y cuando vienes con el olor a ginebra desprendiéndose de tu sudor, la línea del ojo desdibujada, el pintalabios corrido, las medias rotas y la resaca que deja la prisa arañando tu sien, es el momento de sacar el martillo y romper.

Rompe el espejo donde no te ves y preséntate a ti misma, a los pedazos de yo esparcidos por el suelo. Y saca tiempo para esas cañas con las que te vas a conocer. O quizás un té.

Debes aprender a mimarte y escoger, sin expectativas y con algo más que las bragas a media pierna, quién quieres que te acaricie los pedazos después de tú misma. Y húndete, es necesario. Para encontrarte debes deambular por donde no quieres volver a perderte. Para entender quién eres, tienes que estudiarte, o al menos abrir el libro. Y te vas a dar vergüenza en algunos capítulos, en otros miedo, con otros te dará la risa, algunos querrás repetirlos, con otros te sentirás orgullosa, y otros no entenderás ni de qué hablan. ¿Y qué? Nadie mejor que tú para leerte, consolarte, cuidarte, gustarte, y escoger los trocitos de ti que necesitas, porque entre toda la basura, estás tú.

Para romperte con sentido tienes que jugártela contra tu peor versión, y sobre todo, querer ganarle la partida.

Texto inspirado por los ojos detrás de esta fotografía, Helena Selini.

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