_Puntos en los bolsillos_

Un plato de pipirrana encima de la mesa del Portomarín de Lavapiés fue testigo silencioso de la primera historia a la que me quedé anclada.

Él era actor, tenía tablas. No creo que interpretara toda su aflicción, pero si recurrió un poco al método Stanislavski para decirme con total convencimiento en la mirada, que era maravillosa, interesante, inteligente (y un montón de adjetivos positivos que quizás buscó en la opción de sinónimos de Wordreference), pero que no podía tener una relación conmigo, que solo quería ser mi amigo.

Llegados a este punto de la narración, todos sabemos que esto nunca sucedió. O no porque él pusiera empeño en mantener viva esa amistad que le impedía darme más piel y menos cuentos. La insistencia la puse yo, que estaba anclada.

Los anclajes más profundos nacen de las preguntas no formuladas o las respuestas vacías. Y no solo de las que te abordan cuando el final de una trama te explota en la cara. Suelen ser interrogaciones que salpican la rutina “feliz” las que van apuntalándote a una persona, a su historia, a vuestro guión. Así que la primera receta contra la parálisis emocional es preguntar.

Pregunta, todo. Conoce, a ti la primera y a tu contrincante después. Que las dudas no te molesten en los zapatos, con la historia acabada o a la mitad. Interrógate cuando te chirríen sus conversaciones: ¿Es esto lo que me apetece? No. Pues pasa al siguiente párrafo. (De esta lectura, digo)

Hablar de anclajes es rendir homenaje a los malditos puntos suspensivos. Estos se convierten en las mejores piedras si quieres suicidarte tirándote al río. Para soltar lastre hay que mejorar la ortografía vital o te pesarán los puntos que no has sabido sacarte de los bolsillos y usar cuando la historia pedía un final a gritos.

Mi camino con el actor lo sembré de puntuaciones que no dieron flores. El paisaje era bonito pero la tierra no era fértil. Y no hay más drama. La culpa fue del terreno y las condiciones meteorológicas. Ni yo, ni él, ni todo lo contrario. A veces las cosas no son. De una manera irracional, como la inmensa mayoría de los asuntos importantes. Y te lo tienes que comer, con papas o pipirrana.

Cuando termine el Big Bang que ha cambiado tu Universo de piel a cerebro, pasando por el recuerdo, camina, aunque sea por el filo. Sé equilibrista antes que inerte, el vértigo siempre te dará más que la quietud por colapso. Si quieres regodearte en el drama, creer que quedan muchos aperitivos silenciosos que serán testigos de adioses impostados, créetelo. Unos días. Y después vete de ahí.

Quien se fue a Sevilla, ganó un viaje. Nada de sillas perdidas, ese refrán aquí no se admite. Si esta historia es una de esas entre miles que tiene segunda parte buena (como Strangers Things), sucederá. No vas a aclarar, mejorar, o propiciar los capítulos por estar esperando cerca. Nadie te va quitar un sitio que no tienes. Lárgate de donde no te buscan, de donde no te esperan, y no pienses que has perdido el tiempo, porque en el peor de los casos solo tendrás que vomitar algún beso y pedirle de manera educada a tu memoria selectiva que borre imágenes, que bastante tendrás con recordar su olor de vez en cuando.

Y deja de girar en círculos en torno a un instante que no volverá, una conversación que ya fue, o un futuro que no existe. De tantas vueltas que has dado, has construido en torno a ti una trinchera de 3 metros de profundidad que te impide salir a pecho descubierto a conocer(te). Y así no hay manera de abandonar los puntos que sobran ni de gozar las nuevas líneas.

Si te tumbas a esperar, que sea al verano. Porque sabes seguro que llegará y además trae con el a las verbenas de barrio y las cervezas al sol. Lo demás, es todo incierto y casi nunca depende solo de tus ganas.

Todo esto te lo digo a ti, que sigues dándole vuelta a las razones que no te han convencido o a las conclusiones que te has inventado. Y me lo digo a mi, que también he estado al borde del infarto cuando ha sonado el móvil, he inventado películas de las que un día venderé los derechos a alguna rica productora, y he juzgado con mi experiencia sin pasearme por la suya, incapaz de entender que a veces no eres cuando quieres, y punto.

Hay que ser valiente para arrancarse los anclajes y estar dispuesta a volver a perder la cabeza, sin certezas, con vértigo y algún chichón en la frente.

Pero se puede, sobre todo cuando no tienes acumulados puntos en los bolsillos.

 

Iduna RuSol

 

 

 

Fotografía de Helena Selini.

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