_No te lo voy a decir_

He venido a escribirte lo que no te voy a decir.

Quiero irme a casa con las ganas resueltas. O al menos, las dudas.

Quiero dejar de pensar si sucede lo que deseo, o deseo que suceda lo que quiero. Que la realidad sea tan clara que solo me quede la opción de vivirla, no interpretarla.

Lo más sensato sería no complicarme, dejar que me contagiaras tu forma de mirar(me) en lugar de pretender inundarte con la mía, pero la cordura emocional nunca me ha representado. Así que toma asiento y pide una cerveza -con alcohol-, que la vas a necesitar.

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Explotamos por causalidad. Una suma de momentos nos llevaron a la cama de manera inevitable, que es como mejor se comparten las sábanas.

Pero pensaste, de más. Y dejamos de revolcarnos en el verano, para enredarnos con el otoño y abrigarnos demasiado en el invierno. Llegó la primavera y puso a temblar la tierra.

Pregunté. Porque soy firme defensora de las preguntas a tiempo como antídoto a la incertidumbre. Y esquivaste mi duda no sin antes confesarte idiota, y yo, que sí lo fui, no quise saciar mis interrogaciones con respuestas que iban a callarme la risa. Bajamos el telón, se escuchó algún aplauso, y a la semana siguiente empezamos nueva función.

Nuevo papel, nueva historia, y aquí nadie vuelve a hablar de cómo disfrutamos nuestra primera obra. Hasta que se me han amotinado las ganas exigiendo que las deje zanjadas. Cómo sea. Y he optado por escribir, que aquí es mi terapia y mi excusa, porque repito: esto no te lo voy a decir.

No te voy a decir que cada vez que te tengo delante me marcho a casa con las ganas intactas. Ganas que lo salpican todo y se empiezan a desbocar. Ganas de más piel, de más sudor, de vomitar todo lo que me provocas, de las cosquillas de tu barba, de que la conversación se alargue hasta la madrugada, de bailar con tu ritmo y al mío, de no saber acabar un plan, de volver a no contar las cervezas que te quedan para empezar a dejar de pensar.

Tampoco te voy a contar que he besado con ansia otros labios y acariciado con pasión otros rizos, que he creído sentir tu mismo pellizco con otros ojos, que me he visto forzada a la hibernación porque el cartel de “AMIGA” era demasiado pesado para quitármelo de encima y partirlo en tu propia puerta.

Respira, gente cercana a mis intenciones me ha advertido que mostrar las mariposas a la persona que las provoca, puede acabar mal porque hay cierto pánico vísceral. Que si el catálogo de sensaciones que despliego es recíproco te puedo asustar, y si no lo es, más.

Para tu tranquilidad y confortable reposo emocional, debo confesarte que estoy tan cansada de cargar con el deseo que me provocas y los sustos que me doy, como de arañarme los nudillos llamando a puertas entreabiertas; así que todo esto, no te lo voy a decir.

Puedes seguir fingiendo que no sabes cuáles de mis líneas hablan de ti. Seguiremos hablando de funciones que no son la nuestra y comentando banalidades muy razonadas que llenen las horas en las que podríamos dejarnos llevar.

Aunque la realidad es que estoy deseando que me encuentres, que abras la puerta que he pintado con llamativos colores, entres, y me digas: “Me provocas los mismos escalofríos, pero tengo menos palabras que tú”. Y que empiecen a fluir los verbos. O lo que sea.

Pero no, no te voy a decir. “Todo saldrá bien si no lo sacamos a la fuerza”, dice una de mis  poetas preferidas. Y estoy de acuerdo, aunque no siempre sepa aplicar el verso.

Después de toda esta no confesión hay algo que tengo claro, y es que este cartel que me has puesto y yo he aceptado, pesa demasiado. Toma, aquí tienes los pedazos.

No quiero ser tu “AMIGA”, aunque seguiré ejerciendo de ella.

Un poco más lejos

y mucho más ligera.

 

 

Iduna RuSol

Collage de @sarashakel

 

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